¿Cómo es una cabalgata de montaña?

¿Alguna vez te subiste a un caballo? Los del carrusel no cuentan (jaja). ¿Alguna vez estuviste en las montañas? ¿Querés saber como es combinar esas dos cosas? ¿Cómo es una cabalgata de montaña? No te pierdas este relato lleno de magia y mitos.

Siempre fui muy aventurera y me encanta hacer de todo, conocer nuevos lugares, nueva gente, pero por sobre todo, nuevas experiencias. Salir de la zona de confort, dejar la computadora atrás y desconectarme de todo por unos días.

Eso habitualmente se llaman vacaciones. Pero actualmente estamos aún conectados hasta en vacaciones. Uno de mis trucos es apagar el celular y ponerlo dentro de la caja fuerte del hotel, si es que tiene este beneficio. Y si no, solo apagarlo. Esa es mi manera de sentirme de vacaciones.

La vista desde mi caballo en la cabalgata de montaña.
Montada al caballo, vista desde la cima de la montaña.

Chica de ciudad

Cuando decidí hacer la cabalgata de montaña no sabía muy bien a lo que me adentraba. La idea era estar dos días en la precordillera, límite Argentina – Chile montada a un caballo.

El teléfono definitivamente no tenía señal.

Yo soy de ciudad, no tengo idea de montar un caballo. Sólo lo hice una vez cuando era chica, en un campo de un conocido y no me había animado a “manejarlo” yo, así que lo hizo un primo por mí.

Pero sí tengo muy en claro que amo los caballos, ¿quién no podría amarlos? así que pregunté en la excursión antes de contratarla si era necesario tener algún conocimiento previo y la respuesta fue: -No-.

Ahí fui, casi al final de mi viaje, después de muchas otras aventuras en Mendoza. Me encontré con el guía que nos llevaba en camioneta 4×4 hasta el medio de la montaña para reunirnos con nuestros caballos.

Los dos gauchos preparando los caballos para la cabalgata de montaña.
Miguel y su hijo cargan nuestro pequeño equipaje en la mula.

Yo iba con una amiga que había arrastrado a esta hermosa locura. Cuando llegamos nos enteramos que íbamos a hacer las únicas en esta cabalgata de montaña. Terminó siendo super privado.

Mi amigo Naranjo

Finalmente la espera y la ansiedad se calmaron cuando me presentaron a Naranjo, el amigo que me llevaría en su lomo durante dos días. Alto, muy alto, robusto y de pelaje claro. Transmitía paz. Caballo de montaña me dijo el guía.

Sus consejos fueron: – Cuando estemos en una pendiente no te asustes y no lo asustes. Él sabe lo que hace y tiene cuatro patas, nosotros solo tenemos dos, ¿Quién crees que sobreviviría a una caída?-

Perfecto, me dejó super tranquila (jajaja). Nunca le tuve miedo a las alturas, ni vértigo ni nada que se le parezca. Pero confiarle la vida a un caballo que apenas conocía y que nunca había montado me parecía algo muy intenso.

Yo de espaldas, montando a Naranjo camino a la montaña.
Ya arriba de Naranjo, comenzando la aventura.

Después de conocer al grupo de arriadores con los que íbamos a hacer la excursión, subimos nuestros petates a la mula y partimos rumbo a la inmensidad.

Dos días en la vida

Lo que uno vive esos dos días es algo increíble. Estar en el medio de caminos poco explorados. El silencio te invade y te deja mudo. Sentir la soledad de la montaña pero al mismo tiempo sentirte acompañado de tu nuevo compañero de ruta, es algo que muy pocas veces experimenté en mi vida.

Después de unas ocho horas en la cabalgata en medio de la montaña, con algunas paradas técnicas para almorzar e ir al baño, llegamos a donde pasaríamos la noche. Un hermosa una explanada en donde no había absolutamente nada.

Nuestro campamento en la montaña.
Nuestro campamento.

Solo nosotros, nuestras bolsas de dormir y la carpa.

Los arrieros (guías de cabalgata en su tiempo libre) nos prepararon el mejor asado del mundo. Acompañada de unos perritos que viajaban con ellos disfrutamos de una comida asombrosa.

Recostada sobre la montura descansando junto al perro del grupo.
No éramos las únicas agotadas por la travesía.

La magia es tanta que incluso la única manera de tomar agua en ese lugar es de una pequeña vertiente que sale de la montaña misma. Al principio estas tan sediento que tomas sin control. Una vez que el calor y la deshidratación pasó, empezás a encontrarle todo tipo de sabores, principalmente a metales, propios de la montaña.

El asado de la cabalgata de montaña.
El asado más sabroso del mundo.

Si hay que hablar de comodidades, sos vos y tu cuerpo el que debe acomodarse a estar en este lugar. El baño es alejarse un poco de la multitud y buscar algún arbusto que te tape lo suficiente.

El cielo y más allá

Luego de comer nos recostamos en unas lonas a mirar el cielo. Nunca vi tantas estrellas como en ese lugar. Uno se siente muy cerca del cielo. Y es que estás tan a oscuras que podes ver el mismo polvo de estrellas.

Los gauchos que nos acompañaban nos comentaron que si nos deteníamos por un rato y observábamos el cielo, podíamos ver algo más que estrellas. De pronto entendimos lo que nos decía. Unas luces se movían de acá para allá. Pero no con un rumbo definido, se cruzaban entre ellas. Y no eran una o dos, eran muchas, demasiadas. El pícaro arriero nos dijo, sólo ustedes pueden decidir qué quieren creer.

Fogata en la cabalgata de montaña.
La única luz que había era de la fogata y las estrellas.

Y nos quedamos pensando en todo lo que nos rodea que desconocemos, cuánto podemos fantasear con nuestra imaginación cuando nos desenchufamos de lo cotidiano.

Era hora de dormir bajo las estrellas.

Invitados de su habitat

Al día siguiente, desayunamos con un sol intenso pero un viento fresco y continuamos nuestro recorrido.

El amanecer visto desde adentro de la carpa.
Vista del amanecer desde la carpa.

Pasamos por muchos lugares, cornisas, arroyos, pequeños bañados entre las montañas, llamas pastando en la cima. Pero el asombro fue descubrir sobras de la cena de algún puma. Saber que uno durmió a la intemperie cerca de animales que conocen su hogar y nosotros somos sólo invitados, es increíble.

Llegando al final, Naranjo tenía muy en claro que se acercaba a un pequeño lago. Aceleró el paso haciéndome trotar con él y se detuvo en cuanto se aproximó al agua. Había sido un viaje largo para él y para mí.

Pero para ese entonces había forjado un lazo, y sin saber cómo montar un caballo, nos hicimos amigos. Los dos depositamos nuestra confianza y nos unimos para esta cabalgata de montaña, una experiencia única e inolvidable.

Naranjo y yo.
Mi amigo Naranjo.

¿Volver o no volver?

Tanto lo recomiendo que siempre pienso en volver. Incluso me gustaría hacer una cabalgata mucho más larga. Creo que ese fue el primer paso. Mi próximo desafío sería hacer el Cruce de los Andes a Caballo.

Pero para eso debemos tener algunas consideraciones. ¿Cuáles? Se las cuento la semana que viene en una Experiencia Casi Perfecta. Porque todo viaje tiene algo que no sale como lo esperábamos. Eso siempre nos enriquece y nos hace aprender de errores cometidos.

Nos vemos por ahí.

Ely